El Instituto Universitario de Opinión Pública (IUDOP) es parte de la Vicerrectoría de Proyección Social de la casa jesuita de estudios superiores en nuestro país; fue fundado en 1986 por Ignacio Martín-Baró, uno de los seis curas asesinados el 16 de noviembre de 1989. Ya existía, pues, cuando se firmó el llamado “Acuerdo de Chapultepec” el 16 de enero de 1992; por ello, pudo tomarle el pulso a la nación para conocer su sentir sobre este y el proceso que formalmente inició en Ginebra el 4 de abril de 1990. Fueron tres las encuestas hechas por dicho ente durante el primer año de la posguerra. Es interesante traer a cuenta algunos de sus resultados, a 36 años de distancia. Sobre todo, ante el revisionismo calculador de Nayib Bukele; coherente con su trayectoria este ha negado de palabra, obra y omisión la veracidad de los mismos y de la confrontación bélica a la que le pusieron fin.
El segundo de dichos sondeos fue publicado el 17 de julio del 1992. Al preguntarle entonces a las personas consultadas si las “cosas” estaban cambiando con “los acuerdos” o si seguían igual, arriba del 46 % respondió afirmativamente; mientras, el 28 aseguró que permanecían como siempre y el 23 manifestó que solo algunas cambiaron. La tercera medición se conoció el 13 de noviembre y las opiniones vertidas sobre las dimensiones de lo conseguido fueron estas: el 54.5 %sostuvo que se alcanzó más de lo esperado, el 35 dijo que menos y apenas el uno sostuvo que no se logró nada.
Una década después, el 14 de enero del 2002, el IUDOP publicó su siguiente exploración sobre el tema y resultó que más del 80 % de la gente interrogada aseguró que los acuerdos fueron “buenos”; abajo del siete sostuvo que fueron “malos” y cerca del trece opinó que no fueron ni buenos ni malos. Además, se quiso profundizar en las razones por las cuales creían que estábamos mejor: porque ya no había guerra, manifestó un poco menos de la mitad.
Pero, según mi humilde criterio, el gran problema radicó en el descuido de lo económico y social; en la falta de conciencia y valor para entrarle siquiera un poco a lo que estaba y siempre ha estado a la base dela conflictividad nacional: la exclusión y la desigualdad que golpean a sus mayorías populares. Y ahora, 34 años después de aquel 16 de enero de hace 34 años, los pocos avances que se habían conseguido ya terminaron zampados en el basurero. Porque sí se logró mejorar en transparencia y separación de poderes; prueba de ello son los expresidentes del partido de la derecha antes dominante, señalados y algunos hasta procesados por haberse lucrado a manos llenas en detrimento del patrimonio nacional. O la reversión del fallido intento por cortarle las alas a la Sala de lo Constitucional con el infeliz Decreto 743, durante la primera administración presidencial del partido dizque de izquierda.
Desde el fin del conflicto armado hasta junio del 2019 hubo mejoras innegables en otros asuntos, pero no en la seguridad personal y comunitaria sobre todo allá en el abajo y el adentro del territorio nacional. Esta no se logró y el tamaño de ese mal llegó a ser de tal dimensión que muchísima población terminó rendida a los pies de quien, por de pronto, le ha brindado un alivio. ¿Cuánto durará ese flechazo, devaneo o aventura? ¡Quién sabe! Porque, por citar una imagen altamente ilustrativa, el real y estructural centro histórico capitalino ‒no el “histriónico” del “bukelato”‒ sigue siendo el retrato cierto y patético de la realidad salvadoreña. Esa parte de la ciudad capital es la estampa de un París tercermundista rodeado de mesones, tugurios y otras formas de precariedad habitacional y comercial. Dicho espacio remodelado y acicalado es glamoroso pero inasequible para el común de las personas que sobreviven en sus alrededores.
Entonces recuerdo a Martín-Baró asegurando que se trata sobre todo “de crear una versión oficial de los hechos, una ‘historia oficial’, que ignora aspectos cruciales de la realidad, distorsiona otros e incluso falsea o inventa otros. Esta ‘historia oficial’ se impone a través de un despliegue propagandístico intenso y muy agresivo, al que se respalda incluso poniendo en juego todo el peso de los más altos cargos oficiales”. “No renegués la historia de tu patria”, le dijo el papa Francisco a la juventud en el 2018. “Buscá las raíces”, agregó el pontfice, “buscá la historia y desde allí construí el futuro. Y aquellos que te dicen que los héroes nacionales ya pasaron, que no tienen sentido, que ahora empieza todo de nuevo, reíteles en la cara… Son payasos de la historia”.
