Cada 8 de marzo escuchamos historias de mujeres que lograron “romper el techo de cristal”. Celebramos a quienes alcanzaron posiciones directivas, fundaron empresas exitosas o conquistaron espacios históricamente dominados por hombres. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a cuestionar si romper el techo es suficiente.
Durante años, el discurso del liderazgo femenino se centró en acceder a estructuras ya existentes. El objetivo era entrar, pertenecer, demostrar capacidad. Y sí, era necesario. Pero hoy el desafío es distinto: no se trata solo de ocupar un asiento en la mesa, sino de construir nuevas mesas donde más mujeres puedan sentarse.
Romper el techo implica superar barreras externas. Construir la mesa implica asumir poder estructural. Es pasar de la validación a la creación. De adaptarse al sistema a diseñar uno propio.
En el ámbito del emprendimiento femenino, este cambio es evidente. Muchas mujeres comenzaron emprendiendo por necesidad, buscando independencia económica o flexibilidad. Hoy vemos una evolución hacia modelos empresariales más estratégicos, escalables y con visión de largo plazo. Pero aún enfrentamos un obstáculo silencioso: la tendencia a crecer de forma individual y discreta. Muchas empresarias desarrollan negocios sólidos, con excelente reputación, pero permanecen fuera de los espacios de visibilidad, opinión y toma de decisiones públicas.
Construir la mesa significa precisamente eso: crear plataformas, redes y ecosistemas donde el liderazgo femenino no sea excepción, sino norma. Implica formar equipos, abrir oportunidades y ejercer mentoría intencional. También significa cambiar la narrativa del éxito. No se trata únicamente de logros personales, sino de impacto colectivo. Una mujer que crece sola avanza; una mujer que se apoya con otras construye una estructura transformadora.
El emprendimiento femenino tiene hoy una ventaja competitiva poderosa: integra propósito, sostenibilidad y visión humana en sus modelos de negocio. No es casualidad. Muchas mujeres entienden que la rentabilidad y la responsabilidad pueden coexistir.Sin embargo, para que ese liderazgo trascienda, necesita visibilidad estratégica. Las mujeres deben estar en medios, foros, juntas directivas y espacios de decisión. No como cuota, sino como voz experta.
La construcción de nuevas mesas también exige preparación. Formación financiera, habilidades de negociación, gobierno corporativo y pensamiento estratégico son herramientas esenciales para consolidar empresas lideradas por mujeres.
El miedo a la exposición pública sigue siendo una barrera real. El llamado “síndrome de la impostora” limita a muchas profesionales altamente capacitadas. Pero el liderazgo no se ejerce en silencio; se proyecta, se comunica y se respalda con autoridad.
Romper el techo fue un acto de resistencia. Construir la mesa es un acto de visión. Es entender que el verdadero poder no está en adaptarse a estructuras ajenas, sino en crear entornos donde otras mujeres puedan crecer sin pedir permiso.
Este 8 de marzo no solo celebremos a quienes llegaron lejos. Reconozcamos a quienes están creando nuevos espacios, nuevas empresas y nuevas oportunidades. Porque el futuro del emprendimiento femenino no se definirá por cuántos techos se rompan, sino por cuántas mesas se construyan.
*Amanda Rodas, emprendedora y consultora de comunicaciones
