Las cifras de accidentes de tránsito en El Salvador para el inicio de 2025 son inquietantes. Si bien se ha registrado una reducción del 9 % en la cantidad de siniestros viales y un 13 % menos de fallecidos en comparación con el mismo período del año anterior, los lesionados han aumentado y la principal causa de muerte sigue siendo la irresponsabilidad de los conductores.
El saldo de 111 fallecidos en poco más de un mes no es una estadística para celebrar. Tres personas mueren cada día en las carreteras del país, y más de la mitad de estas víctimas son peatones y motociclistas, los más vulnerables en la vía pública. Aún más preocupante es que la distracción del conductor sea responsable del 46 % de los decesos. En otras palabras, casi la mitad de las muertes pudieron haberse evitado con un mínimo de atención y responsabilidad al volante.
El gobierno ha tomado medidas drásticas para frenar esta crisis, como la criminalización de la conducción con cualquier nivel de alcohol en sangre y el aumento de las multas de tránsito. Pero parece que la conducta de las personas no parece ser persuadida por esas medidas y siguen conduciendo de manera cuestionable.
No basta con castigar a quienes ya han cometido una infracción. Se necesita una transformación profunda en la cultura vial del país, lo que implica educación desde temprana edad, controles rigurosos en la obtención de licencias y, sobre todo, un cumplimiento efectivo de la ley. Mientras las normas sigan siendo vistas como negociables o sujetas a la voluntad del gobierno de turno, las calles seguirán cobrando vidas inocentes.
El Salvador ha logrado reducir la violencia homicida, pero la guerra en las carreteras continúa. Y al igual que en el pasado, la solución no solo radica en castigos más severos, sino en un cambio de mentalidad que haga de la seguridad vial una prioridad real.