El discurso del primer ministro canadiense, Mark Carney, en el Foro de Davos no debería pasar como una reflexión más para los grandes centros de poder. Por el contrario, es una advertencia directa y especialmente pertinente para países pequeños y vulnerables como El Salvador, que históricamente han dependido de un orden internacional que prometía reglas claras, previsibilidad y cierto resguardo frente a los abusos del poder.
Carney no habla de una simple transición del sistema internacional, sino de una ruptura profunda. La diferencia es clave: una transición supone adaptación gradual; una ruptura implica pérdida de referentes, normas y certezas. El mundo que emerge —marcado por la guerra, la coerción económica y la instrumentalización de la interdependencia— es uno donde la lógica de Tucídides vuelve a imponerse sin disimulo: los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben.
Durante décadas, muchos países aceptaron “vivir dentro de una mentira”, como lo describió el recordado expresidente checo, Václav Havel, citado por Carney. Se sabía que el orden basado en reglas era imperfecto y asimétrico, pero ofrecía beneficios suficientes para sostener la ficción. Estados Unidos y sus aliados garantizaban estabilidad financiera, comercio relativamente abierto y ciertos mecanismos multilaterales que, aunque selectivos, funcionaban como amortiguadores para las naciones más pequeñas. Hoy, esa ganga se ha roto.
El uso de sanciones, aranceles, cadenas de suministro y sistemas financieros como armas geopolíticas ha expuesto una verdad incómoda: la integración económica ya no garantiza beneficio mutuo, y en muchos casos se ha convertido en una fuente de subordinación. Frente a ello, la tentación del aislamiento y del repliegue soberano parece lógica. Sin embargo, Carney advierte —con razón— que un mundo de fortalezas será más pobre, más frágil y menos sostenible.
Para países como El Salvador, el mensaje es doblemente relevante. Primero, porque la desaparición efectiva de un orden basado en reglas reduce el margen de maniobra y aumenta la exposición a presiones externas. Segundo, porque adaptarse pasivamente, “llevarse bien” o confiar en que el cumplimiento traerá seguridad, ya no es una estrategia viable. La historia reciente demuestra que la docilidad no protege.
La alternativa que plantea Carney no es ingenua ni romántica: construir, desde las potencias intermedias y los países pequeños, un nuevo entramado de cooperación basado en valores compartidos como los derechos humanos, la sostenibilidad, la solidaridad y el respeto a la soberanía. No se trata de desafiar a las grandes potencias frontalmente, sino de dejar de participar en rituales vacíos que legitiman un sistema que ya no existe.
El “poder de los menos poderosos” comienza con la honestidad. Reconocer que el mundo cambió es el primer paso. El segundo es entender que la autonomía estratégica no significa aislamiento, sino diversificación inteligente, alianzas múltiples y una defensa coherente de principios, no solo cuando conviene, sino cuando cuesta.
En un contexto de ruptura global, El Salvador y países similares deben decidir si seguirán colocando el cartel en la ventana —aunque ya nadie crea en él— o si, con realismo y dignidad, comenzarán a retirarlo para construir un lugar más seguro en un mundo incierto.
